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7 Abr 2016

Concierto en la UCI

Un puñado de médicos trajina entre sueros colgantes y camas con cables. Una luz entra con permiso por cada ventana y orienta la vigilia de los pacientes como un reloj sin números en medio de estos días tan raros. Es mediodía. De vez en cuando se oyen pitidos suaves y planea por aquí un murmullo de hospital, un cruce de voces midiendo sedaciones, optando por fármacos, calculando posibilidades… Nadie corre, pero nadie para. Hay un mundo horizontal de enfermos enganchados a máquinas y un mundo vertical de médicos, enfermeros, auxiliares y familias asomados a los dolientes.

De pronto, un hombre aparece al comienzo de la sala, apura un momento de silencio, respira hondo, se acerca una flauta a la boca y empieza a tocar.

Concierto en la UCI.

Notas zen invaden la sala y dos policías que custodian a un paciente doblemente detenido se frotan los ojos. ¿Un flautista en la UCI?

El músico ha avanzado unos pasos y sin parar de tocar se gira hacia Vicenta, que tiene un respirador en la boca y duerme en un sillón. En la cama siguiente, Esther Fortés, tramitadora de siniestros y siniestrada ella por una neumonía aguda, es una mujer con los ojos boquiabiertos. Lleva 10 días ingresada en un lugar pensado para salvar sus pulmones y ahora tiene la mirada clavada en Rodrigo. Nada la abstrae de esa música que no parece venir del reino de los despiertos.

– ¿Qué has sentido, Esther?, preguntamos cuando todo ha pasado.

– Me he evadido del dolor, he relajado mi mente. Música en un ámbito de dolor… Buff, ha sido… como una dulzura.

Estamos en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital 12 de Octubre, en Madrid, uno de los primeros equipos de España en desarrollar un experimento para el confort de los enfermos, las familias y los profesionales de estas áreas de vigilancia absoluta:música en directo, sensores de ruido, medidores de luminosidad, horario de visitas ininterrumpido, información empática a la familia y hasta yoga para el personal que se apunte.

Estamos en medio de un plan: «Humanizar la UCI».

Y eso quizá sea colocar una radio para vivir juntos las campanadas de 2016 o poner una tele para que los enfermos que quieran, y puedan, vean un partido de la selección española

«El objetivo es que los enfermos estén a gusto y que las familias sientan atendidas sus necesidades. Antes, la medicina estaba mecanizada: más atención a la enfermedad que a los enfermos. Ahora queremos enmendar el error: ocuparnos del enfermo y su familia. Eso ayuda a recuperar al enfermo para la sociedad, devolverlo a sus condiciones de vida previas a estar aquí. El confort ayuda a curar».

Habla Juan Carlos Montejo, jefe del Servicio de Medicina Intensiva del 12 de Octubre y uno de los agitadores de una idea que la Comunidad de Madrid está probando en varios hospitales públicos.

Si las UCI hablaran lo harían como Montejo. Tranquilas. Precisas. Y bajito. Porque para algo están los medidores de ruido colocados en algunos lugares de la UCI y que están ayudando a que el vaivén profesional sea cada vez más silencioso en este enjambre de máquinas y personas criado para curar.

«Hemos colocado unos medidores de ruido en varios puntos de la UCI que calculan los decibelios. El nivel recomendado por la OMS es de 40 y nosotros aún estamos en una media de 60. Pero cuando comenzamos con esto estábamos en 70. La media sube cuando hay cambio de turno del personal. Es cuando unos equipos se intercambian información con los otros».

El doctor Montejo habla en una especie de metasonido, no sea que decir lo que dice más alto enfade al sensor.

Oreja luminosa

Uno de los sensores de ruido colocados en la UCI. IRENE FERNÁNDEZ JUBITERO

Un paseo por la UCI con la mirada hacia arriba revela los medidores de los que habla el jefe de la UCI. Son la silueta de una oreja iluminada de neón verde. Cuando se supera el nivel de decibelios marcado, una luz roja que simula un tímpano en el centro de la oreja se enciende. Hay que bajar la voz.

Debajo de cada oreja, el equipo coloca las gráficas del día anterior, una cordillera de niveles que destapa las veces que se sobrepasó el límite idóneo y las veces que el silencio se oyó mejor. Un resumen de cuánto sonó el día. «Es una medida contra la contaminación acústica», sentencia Montejo.

Y como funciona, las orejas de neón se multiplican: en la UCI infantil. Y en la de neonatos. Y en la cardiaca. Y en la de traumatología y emergencias

Pero seguimos en la UCI polivalente, donde la única pista de que ahí fuera la vida está pasando el día es la luz. «La idea es que los enfermos mantengan el ritmo de sueño/vigilia. La UCI debe tener ventanas. Y si no hay, hacerlas. La luz natural es clave», dice Montejo. Y cuando empieza a atardecer, las luces de la UCI se suavizan con focos regulables para cada paciente. Eso también relaja el tono de voz de quienes trabajan y de quienes están allí de visita.

Visita, la palabra mágica de la humanización.

Hace unos meses los responsables de la UCI del 12 de Octubre decidieron ampliar mayúsculamente el horario de contacto entre los enfermos y sus familias o amigos. De una hora por la mañana y otra por la tarde a ocho horas seguidas. De 12.00 a 20.00 horas… Y lo que haga falta. Montejo: «La familia no es el enemigo, es un recurso para ayudarnos a cuidar al paciente. Si algún familiar no puede venir en ese horario, entra en otro. Se trata de adaptarse a lo que la familia necesite, porque eso le viene bien al enfermo». A la enfermera Laura Díaz le visitan los ejemplos: «La ansiedad de una hora de visita ha desaparecido. Ahora los familiares nos ven trabajar, ven cómo aspiramos al enfermo, como todo pita, cómo le medicamos… Y se asustan menos. Comprenden mejor lo que pasa aquí».

Eso le ocurre a Ana, la hija de Vicenta. Pasa tantas horas sin horario junto a su madre que entiende lo que Vicenta dice detrás de una mascarilla imposible.

– Vale mamá, ahora te doy agua, tranquiliza Ana a Vicenta.

– Nada, que tiene sed, aclara a los testigos de la insólita traducción simultánea.

Ana está en paro y ha visto pasar por la UCI a los seis hermanos de su madre, a la trope familiar escalonada que entra en esta mole del sur de Madrid para ver a la abuela de la neumonía, la que tuvo aquella parada de corazón y que anda mejorando. «El ambiente de la UCI es fenomenal. Éste es un sitio muy duro, pero ver cómo el personal cuida y anima a los enfermos te tira para arriba. A mi madre le hacen bromas sin parar. Si entras y todo es oscuro, sales oscuro».

Aquí hay pacientes con dibujos de sus hijos puestos en la pared, gente que pide una tele y enfermos que teclean wasap en su móvil cuando la consciencia les deja. «Muchos pacientes tiene fotos de sus hijos o sus nietos. Si el enfermo está centrado evitamos delirios. Muchas veces nos piden una tele, una radio o el periódico. Yo les digo que sí, pero que recorten las malas noticias», suelta Juan Carlos Montejo entre risas.

Montejo y la enfermera Laura Díaz, como tantos profesionales en este lugar tan cerca de la frontera, dan buenas y malas noticias todos los días. ¿Cómo informar bien a los enfermos y sus familias? se preguntaron aquí hace un tiempo.

Así que pidieron ayuda a expertos y recibieron información de psicólogos para saber comunicar en situaciones difíciles, un esfuerzo de empatía, «ponerse en el sitio del familiar y a su nivel», como cuenta Montejo. «No salimos estirados para que nos hagan reverencias. Hablamos con palabras que entiendan y huimos de una situación de superioridad».

Pero algunas veces se topan con alguien que cree saber. «Tememos mucho al ‘doctor google’, familares que contrastan con nosotros lo que han visto en internet. Una vez, una persona me preguntó si habíamos pensado en dar a su familiar extracto de alga verde. Decía que había leído que un médico había curado mucho cáncer con eso. Pues hasta eso hay que desactivarlo con empatía».

Flautista

Rodrigo ha cambiado de flauta shakuhachi, un instrumento que monjes budistas japoneses empezaron a utilizar hace 800 años en melodías meditativas y austeras, «una música fundamental que provocaba una revolución espiritual cada vez que se tocaba», cuenta este músico primerizo en públicos de hospital. «Es la primera vez que toco en un lugar así y aún tengo los vellos de punta».

Rodrigo está ahora en la otra fila de camas y se acerca a la de Jaime Castells, un taxista de 64 años que acaba de dejar atrás una cirrosis y recibir un hígado nuevo. Es su tercer día en la UCI y un sonido de flauta compite con los timbres suaves de sus constantes vitales. Observamos su cara cuando Rodrigo se planta a su lado, shakuhachi en boca,ambiente de paz

– Al principio no sabía si era música en vivo. Me sonaba a la música de La Misión. Luego lo he visto venir y cuando estaba tocando a mi lado me han venido imágenes de la película. He sentido tranquilidad. No parece que esté en un sitio de gente que está grave.

No era La Misión, pero da igual. Era improvisación. Lo confiesa Rodrigo:«He transmutado la energía que he sentido y he hecho una historia. Podía haber tocado piezas ancestrales, hechas para otros, pero no lo he visto oportuno. He hecho la música que he sentido y la he sentido por ellos. Ha sido una música única. Nunca volverá a ser la misma».

Música. Música en la UCI. Musicaterapia. «Hay estudios que indican que la música produce efectos beneficiosos. Calma hipertensiones, reduce la ansiedad, disminuye la necesidad de tanta sedación, contribuye a la normalización de los parámetros fisiológicos y ayuda a controlar el dolor y la incomodidad de los pacientes. Llevamos cerca de un año con ello y ahora vamos a investigarlo de forma científica», apunta el responsable de Medicina Intensiva.

Un año da para un historial de músicas y enfermos. Como aquel día en que vinieron dos artistas flamencos y los pacientes conscientes se arrancaron a dar palmas. O la mañana en que un dúo de violinistas inventó música de cuerda y los ingresados en coma no vieron alterados sus parámetros vitales. O cuando dos mujeres al mando de sus chelosempezaron a tocar y un enfermo agitado y con hipertensión al que costaba mucho sedar se relajó. O la tarde en que un cantante afinó sus cuerdas vocales en la UCI de neonatos y quién sabe si ayudó a que un bebé que jamás había mamado empezara a comer del pecho de su madre emocionada.

Todos esos músicos, todos los Rodrigos, vinieron con Música en Vena, una asociación fundada por Virginia Castelló que lleva cuatro años enviando cantantes e instrumentistas de ópera, jazz, pop o flamenco a las horas vacías de los salones de actos y las plantas de 15 hospitales de Madrid.

«En un servicio de Psiquatría, una niña que llevaba tres meses en estado catatónico, sin abrir los ojos, ni decir una palabra, se puso de pie a tocar las palmas cuando oyó a un percusionista que habíamos llevado. Fue alucinante», cuenta Castelló, que tiene otra colección de milagros en la punta de la lengua. «Jonathan acababa de salir de un coma y no hablaba ni se movía, pero oyó a una cantante, asintió y le besó la mano. Recuerdo a Irene, que era bailaora, el día que El Negri fue a tocar al hospital donde estaba ingresada por un trasplante de pulmón. Cuando lo oyó, se levantó y se puso a bailar. Nos dijo: ‘Prefiero esto a la morfina’. Desgraciadamente, a los tres meses, murió».

La muerte, la pequeña muerte, rondaba el día que hicimos este reportaje (9 de marzo) a Génesis y sus ocho meses de edad en la UCI de neonatos.

Cuando nos despedíamos de los habitantes de la UCI polivalente y adulta para terminar esta historia, los voluntarios de Música en Vena nos contaron que Rodrigo Rodríguez había bajado a la unidad de recién nacidos para seguir improvisando músicas de quietud. Volvimos a pedir permiso al hospital y, ya sin cámaras, nos acercamos a las vidas que nacen discutiendo la vida. Y allí, al fondo, en una salita acristalada dentro de la UCI, Selma pidió a Rodrigo que tocara para su hija Génesis. Y sonaron notas de tristeza y belleza. Sonó a vida.

– Selma, ¿por qué has querido música?

– Porque le habrá relajado algo a Génesis. Seguro. Yo le canto mucho a ella. Y esta música, más o menos, me ha inspirado una letra según la oía. Yo me he sentido bien por dentro y seguro que Génesis habrá notado algo.

Cinco días después, quién sabe si llevándose algún eco para el viaje, Génesis murió.

Fuente: “El Mundo” 4-04-2016. http://www.elmundo.es/salud/2016/04/04/56ffacee268e3e25748b45bf.html